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viernes, 22 de abril de 2011

Capítulos 6 y 7. Todos buscan a Thomas

      6.

       Hanna orgullosa, le mostró a Thomas su cabaña. Una cabaña muy vieja ya, sólo con dos habitaciones a un lado y una gran sala central. Donde había una pequeña chimenea y una mesa rectangular con cuatro sillas muy desgastadas.
           La mujer retiró con gran esfuerzo la olla del fuego, Thomas fue a ayudarle.
           -Siéntate chico, pronto vendrá Sam y cenaremos –le indicó la mujer-. Y tú, Hanna, ve a lavarte las manos afuera.
           -Él también tendría que lavárselas, mamá –le replicó la niña.
           La mujer y Thomas sonrieron.
           -Voy contigo –dijo éste.
         
           Se lavaron las manos en una jofaina llena de agua que había bajo un pequeño cobertizo detrás de la casa. La niña no le hablaba, pero no dejaba de mirarle con cara de asombro y con gran interés.
         -¿Dónde está tu padre?
         -Ha ido a cambiar nuestra leche por algo de harina con el vecino.
         -Pues si que tarda –Pensó él en voz alta.
         -Nuestro vecino más próximo está a media jornada entre la ida y la vuelta –dudó y miró al cielo-. Aunque, va en carro. Se habrá quedado charlando un rato –aventuró Hanna.
         Thomas no dijo más y entró en la cabaña.
     Al poco llegó el hombre portando gran cantidad de comida; pan, carnes, y verduras. Su mujer y su hija salieron a recibirle, Thomas prefirió que fueran ellas las que le contasen de antemano su presencia en esa casa.
     Cuando entró en la casa lo miró de arriba a bajo y viceversa. Thomas se presentó y le ofreció su mano. El hombre no la estrechó.
      -¿De dónde vienes, chico?
      Tenía que mentir –pensó Thomas. Pero bien sabía que desde donde lo habían visto venir sólo podría venir de dos sitios; Buste o Arion. Así que dijo la verdad, nunca podía decir uno que venía de Arion.
       -Soy de Buste.
       -¿Y a donde vas? –Preguntó de nuevo Sam.
       -Al norte.
       -Papá –les interrumpió Hanna-, caminaba desvalido cuando lo vi.
       Thomas pensó que la niña exageraba, pero no dijo nada.
      -Te daremos cena y cama –añadió el padre sin mirar a la niña-, pero mañana al alba debes marcharte.
      -De acuerdo, Señor, gracias –contestó Thomas pensando que tampoco él quería quedarse más.
    
       La cena fue todo un manjar para Thomas comer algo caliente y con cuchara le llenó de nuevas energías y le recordó a su hogar llenándole también el corazón de nostalgia. 
      Le prepararon una cama cerca de la chimenea hecha de paja. Fue un sitio reconfortable para Thomas que llevaba largas noches durmiendo en el frío y duro suelo. Se durmió enseguida ajeno a la conversación que mantenían Sam y su mujer en la habitación.
       -Ese chico es el que buscan –le explicó el hombre.
       -¿Por qué querrá el rey a ese chico?
       -No lo sé, pero ha puesto una buena recompensa para quien se lo entregue con vida.
       -No parece mala persona. Simplemente es un chiquillo. Me da lastima en sus ojos se puede ver toda la pena que siente y lo solo que está.
       -No debemos mantenerlo aquí.
       A ninguno de los dos se les ocurrió ni por un momento entregarle, aunque necesitaban desesperadamente la recompensa que ofrecían por él, nunca harían nada por un rey que nunca hizo nada por ellos, por su pueblo. El rey sólo pensaba en su guerra.
       -Mañana se marchará –dijo ella-, pero deberíamos avisarle de que le buscan.
       -Sí, al amanecer hablaré con él.














     7.

    
     El capitán Simons, caminaba raudo por los pasillos de palacio camino a los aposentos del rey Leomor.
         Nervioso se paró ante los guardias. Nunca era una buena señal que te mandara a llamar el rey directamente.
         -El rey me espera –les anunció a los guardias.
         Ambos retiraron sus lanzas y le permitieron el paso, no sin antes anunciar su entrada.
         -Pasa, Simons –le exigió el Rey con voz grave.
         El rey era un hombre alto y robusto. Pero sus largos años ya no hacían su presencia tan amenazante como antes. Estaba sentado junto a la ventana, en una silla demasiado excesiva en joyas en su respaldo. Cubierto por una capa aterciopelada azul. Su larga barba blanca recostaba en su vientre.
         -¿Qué desea, mi señor? –Preguntó Simons arrodillándose.
         -Levántate, amigo, el mejor capitán que he tenido nunca. No te arrodilles ante este viejo.
         -Usted no es viejo, majestad –dijo al tiempo que se levantaba.
         -Sí, lo soy. Igual que tú ya –sonrió-, ¿Cuántos años tiene ya tu hijo?
         -Veintiuno –dudó, no entendía a donde que ría llegar el rey-. Es un buen soldado.
         -No lo pongo en duda. Es por eso que te hecho llamar, amigo mío. Lleváis días sin encontrar a ese chico y creo que estamos planteando mal la estrategia.
     -¿Qué quiere decir? –Preguntó Simons nervioso.
     -Es muy fácil esconderse de una patrulla de diez hombres. También pienso que nuestro pueblo no nos ayuda como nos gustaría y no se lo reprocho. Un hombre en busca de otro hombre, eso es lo que planteo.
      -Yo mismo iré a buscarlo si es eso lo que ordenáis.
      -Como ya te he dicho antes; estamos viejos –volvió la vista hacia la ventana y se acarició la barba-. Tu hijo irá en su busca.
      -Pero… Peter es joven aún para andar solo en una misión.
      -¿Dudas de la fuerza y la preparación de tu hijo?
      -No. Pero…
      -Es el deseo de tu rey, ¿vas a cumplirlo o tendré que ordenártelo? Sabes lo necesario que es ese chico para mi reinado no podemos permitirnos que acabe en las manos equivocadas.
       -Lo haré, mi señor –dijo Simons resignado.

martes, 19 de abril de 2011

Capítulo 5

5.


   Gamaway llegó de nuevo al amanecer a la cabaña. Después de una larga noche de vuelos entre ida y vuelta.
         -Viejo, ya estoy aquí –chilló desde fuera.
         El hombre salió de la cabaña, apoyándose en su bastón. William no era un hombre viejo, simplemente un hombre curtido por los años y cojo de la pierna izquierda. Su pelo grisáceo podía hacerle aparentar más años de los que tenía, pero sus ojos azules delataban que no debía de pasar de mucho la cuarentena.
         -No me llames viejo, niña –le espetó él.
         -Y tú no me llames niña.
         Gamaway era una cambiante, y aunque su aspecto físico parecía el de una joven no mucho mayor de dieciocho años, contaba con más de cien años a sus espaldas.
         Los cambiantes eran en parte elfo, en parte humano y en parte animal. Tenían los instintos de un elfo y sus orejas, larga longevidad, pero la mortalidad de un humano, y podían convertirse en animales.
         -Dime; ¿le has encontrado?
         -Sí, está cerca de la aldea Geji.
         -Tarda demasiado.
         -Pues yo volando no lo puedo traer.
         Lejos de hacerle ninguna gracia el comentario de Gamaway, él lo rumió.
         -Traerlo volando, no, pero si puedes si eres otro animal..
         -Espera; ¿No querrás que vaya hasta allí, para acompañarle todo el viaje?
         -Debemos darnos prisa, no podemos permitirnos que otros lo encuentren –le explicó William, mientras se sentaba a descansar en la silla del porche.
         Ella no se sentó. Le crispaba que aquel hombre siempre le mandara.
         -Sé que es tu sobrino y que su padre era un gran predilecto, pero no entiendo quien más podría interesarse por él. Sólo es un crío de dieciséis o diecisiete años.
         -Mi hermano no fue un gran predilecto, fue el capitán de los predilectos y murió luchando contra las fuerzas de Arion.
         Gamaway conocía de sobra la historia de la muerte del hermano de William. Como había entrenado y guiado en la lucha a todos los predilectos.
          Los predilectos; eran humanos que fueron bendecidos y entrenados por elfos, cuando estos decidieron dejar de luchar en una guerra que no era suya. Fue lo único que hicieron ya por el rey. Procurarle un pequeño batallón de hombres capaces de enfrentarse a Arion. Y así fue hasta que su capitán Thomas Wheelmon murió y su hermano William quedó cojo de por vida.
          -Mi sobrino –continuó William-, es el único que tiene en su sangre el poder suficiente para luchar contra Arion y empuñar la espada de los elfos.
          -Sólo es un crío. Necesitará años de entrenamiento –dijo ella.
          -Lo sé, por eso cuanto antes esté aquí antes empezaremos. Ve a traerlo.
          Gamaway bufó.
          -Y –continuó el hombre-, es mejor que sea yo el que explique quien es. ¿Entiendes, Gamaway?
          -Perfectamente. Voy a descansar. Al atardecer saldré en su busca.
          -Gracias, niña –le dijo William guiñándole un ojo.
          Hacía tiempo que Gamaway hubiera mandado a ese hombre arrogante y engreído a freír espárragos. Pero no podía, él le había ayudado cuando nadie más lo hizo. Le debía más que su obediencia, le debía la vida.

lunes, 11 de abril de 2011

Gamaway. Capítulo 4.


                          4.

Thomas se acercaba ya a los lindes del bosque de Buste. Sabía que sería mejor atravesar el río y el pueblo  de noche para evitar ser visto.
Así que descansó a los pies de un árbol mientras esperaba que la oscuridad ocultadora llegara. 






Gamaway salió de la cabaña dejando a William durmiendo.
Levantó la vista. Ese día no vería atardecer, las nubes cubrían por completo el cielo de la tarde. Aún no llovía, pero se olía la lluvia.
Una ráfaga de aire la rozó y después de estremecerse se envolvió en su capa gris, se colocó la capucha y se adentró en el bosque de Cadben. Cuando estuvo cerca de su árbol preferido se transformó en ese animal que tanto le gustaba, en ese animal que le hacia sentir libre.
Sus plumas grisáceas, blancas y negras brillaban aunque el sol esa tarde no luciera.
Y alzó el vuelo en busca de su misión.





Thomas consiguió cruzar Buste sin ser visto. Le costó toda la noche.
Cuando salió del pueblo tuvo  la duda de atravesar la llanura Este o coger el camino de aldea Geji. Sería más cómodo el camino, pero también más transitado. Aunque en la llanura no habría muchos lugares donde esconderse si avistaba una patrulla.
Decidido. Emprendió su viaje por al camino. Allí siempre podría esconderse de caminantes o destacamentos, si era a tiempo de verlos venir.
Llegar a la aldea de Geji es buena idea –Pensó-. Allí quizá consiga algo de dinero o una cama.
Pero fue antes de llegar a Geji cuando encontró cobijo.
            Caminaba casi exhausto ya, cuando se percató de una cabaña a la izquierda del camino, de la cual se veía salir humo de su chimenea.
            Dudó durante un instante si acercarse o no.
            Y cuando había decidido pasar de largo una niña le habló desde la copa de un árbol.
            -¿Te has perdido?
            Thomas miró hacia arriba, se sorprendió de no haberla visto antes y pensó que debía poner más atención en sus andares o sería descubierto, pues si una simple niña le sorprendía, que no harían los soldados.
            -No.
            -Pues tienes cara de perdido.
            -No tengo cara de perdido, sino de cansado –le contestó agachándose y colocando ambas manos sobre sus rodillas.
            -Ven a mi casa. Mi madre prepara un estofado estupendo y seguro que allí podrás descansar.
            A Thomas se le hizo la boca agua sólo de pensar en ese estofado, pero declinó la invitación, primero porque tendría que dar respuesta a muchas preguntas y mentir si entraba en esa casa, y segundo quizá los padres de aquella niña no veían de buen grado que su hija invitara a desconocidos a comer a su casa.
             -¡Hanna!
             Se oyó como una mujer chillaba.
             -¡Ven mamá! –contestó la niña.
             -Encantado de conocerte, me voy –dijo Thomas rápidamente para despedirse antes  de que se acercara la mujer y lo viera.
             -No, no te vallas.
             La niña se bajó enseguida del árbol.
             -Lo siento niña, pero debo marcharme.
             Hanna lo cogió de una pierna.
             -No puedo dejar que te vayas así. Debes descansar y comer algo.
             La mujer llegó ya a verles y saludó con un brazo.
             -Buenos días–le dijo ésta al estar ya cerca de él.
             -Buenos días señora, estaba… yo.
             -Mamá –le interrumpió la niña-, Esta cansado y hambriento deberíamos ayudarle.
             La mujer miró de arriba abajo a ese chico, que vestía harapos y estaba realmente sucio. Pero vio algo en sus ojos verdes un brillo de esperanza que hacia tiempo no veía.
             -Me llamo Micaela ¿y tú, chico?
             -Thomas.
             -Vamos acompáñanos. Tengo comida.
             Thomas no discutió esta vez. Le asombraba encontrase siempre con gente dispuesta a ayudarle. Y pensó que algún astro debía estar de su parte. 
              Caminó detrás de las dos hasta llegar a la cabaña y al pisar el umbral de la puerta dislumbró en un árbol que cubría parte de la cabaña vio un precioso búho en tonos grisáceos que lo miraba.

sábado, 9 de abril de 2011

Mapas. El Gran país. Thomas.





                                                        Mis Mapas de El gran país.
B= Bosque
A= Aldea
Ms= Meseta
I= Isla
V= Volcan
O= Océano.
L= Lago