La vida no la saludó como todos desearíais, ni como la mitad conseguisteis.
Pero ella es fuerte. Media vida en un cajón para olvidar y otra media a la vista.
Pocos, muy pocos saben todo lo que habrá vivido. Ni yo lo sé del todo, y eso que la conozco de siempre.
La veo mirar por la ventana, perdida en el horizonte al amanecer, pero no puedo llegar a saber lo que piensa. Siempre callada, analizante, siempre atenta y distante con sus ojos punzantes.
Mi neblina daría por un pensamiento suyo. ¿Neblina? Os preguntaréis. Sí, neblina.
Lo siento, no me he presentado; yo soy su alma. El alma de la chica distante me llaman.
En otros tiempos fui el alma de algún noble, pero esto es lo que soy hoy.
Treinta años llevo con ella y por todas mis vidas y por mi eternidad que no consigo hacer éste cuerpo mío.
Pero hoy estoy más tranquilo que años atrás. Ahora, aunque su actitud tiende siempre a la soledad, la veo sonreír a diario, la veo ilusionada, la veo feliz y enamorada. Y es que lo que no consiga el amor no lo consigue nadie, ni un alma.
Tengo fe en las personas y se que pueden, no cambiar, sino aprender. Y sé que ella aprenderá, será capaz de conocer su alma y abrir su corazón. Y si por mala suerte se lo rompieran, bien sé, que ella será capaz de coserlo de nuevo.
Lo peor que uno puede hacer es encerrarse en si mismo. Ponerse un muro invisible que no permita entrar el dolor. Porque el dolor no entrará, ni la angustia, ni el miedo. Al igual que que tampoco entraran el amor, la alegría o la felicidad. Para recibir antes hay que dar.
Un abrazo es cosa de dos. Una caricia es es mejor si es correspondida. Una sonrisa espontánea es la mejor de todas las recompensas. Y confiar en alguien, pese a que pueda fallarte, es la sensación de saber que no estás solo.
Hoy ella lo está descubriendo y mañana quizá yo cambie mi nombre.