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Thomas. Prólogo. Cap. 1 y 2


Prólogo

       Eran tiempos difíciles en el Gran país.
El reinado de Leomor “El Inmovible” espiraba. Rey sin descendencia. Emperador viejo. Soberano con dieciocho años de guerra continuada a sus espaldas. Sin fuerzas ya, para liderar un país atormentado por los ataques de Mortaff “El señor de Arion”, quién ansiaba el reinado absoluto sobre el Gran país.
Dieciocho años hacía ya que había empezado la guerra, la victoria se había decantado hacía ambos bandos en apreciados momentos, pero nunca definitiva, nunca concluyente.
El rey leomor reinaba en el Gran país entonces, le ayudaban magos, hombres y ciudadanos de Rush, pero ya no contaba con la ayuda que en antaño contó. Hacía años que no recibía ayuda de los elfos o del oráculo. No respondían ya, a sus ruegos ni peticiones. Por otra parte Mortaff contaba con el apoyo de magos oscuros, fibos, etronos y de más criaturas oscuras.
Miles de hombres y soldados leales al rey habían perdido sus vidas en innumerables batallas a lo largo y ancho del país. No menos bárbaros y criaturas extrañas leales a Mortaff también habían caído. Por ello en este tiempo, a ambos bandos les era difícil reclamar la ayuda de nuevos pueblos o guerreros, a consecuencia la guerra se encontraba en un punto muerto, ninguno movía filas frente al otro y ambos pensaban, planeaban y preparaban nuevas estrategias.
Mortaff más bien esperaba, sabía lo viejo y frágil que estaba ya Leomor. Sólo tenía que esperar, esperar pacientemente la muerte del rey. Y una vez muerto ¿Quién ocuparía el trono? Sin hijos, sobrinos o demás parientes incapaces de reinar. Mortaff veía allí la posibilidad de ganar la guerra y ocupar el trono por la fuerza. Muerto el rey, muertos los tratados con los diferentes pueblos. Muerto el rey, muerta la esperanza.  

1.


 Thomas corría bosque a través buscando a Dumas, su hermano pequeño. Habían salido a cazar como cada mañana, pero ese día se habían adentrado demasiado en el bosque de Arion. Sabían que no debían hacerlo, sabían que ese bosque lo habitaban seres extraños y malas energías. Todos en el Gran País sabían que no debían irrumpir en Arion.
Ellos lo hicieron, perseguían un jabato y traspasaron la frontera entre el bosque de Buste y el bosque de Arion era una frontera invisible, pero perceptible. Cuando llegabas a tierras de Arion el aire cambiaba, el suelo era diferente; más oscuro, más seco. Y el silencio. No se oían pájaros cantar o animales correr. A excepción ese día del jabato, que asustado también traspaso la frontera.
Thomas perdió de vista a Dumas cuando apuntaba al animal con su arco, era especialmente bueno con ese arma, era su único medio para conseguir comida. Debía ser el mejor cazando, era el primogénito y desde la muerte de su padre el hombre de la casa. Acertó en el corazón con la primera flecha.

-¡Dumas! –chilló.
Sostenía sobre los hombros al animal cazado, pero aún así corría bastante deprisa.
-¡Dumas! Maldito crío. ¿Dónde se habrá metido ahora?
Era frecuente que Dumas se perdiera o alejase, era un chiquillo muy curioso y a sus trece años ya eran incontables las veces que se había perdido o desviado del camino.
-¡Thomas! –oyó que lo llamaban, pero no era la voz que esperaba oír.
Era Marcia, su hermana pequeña. Marcia tenía nueve años. Aunque su apariencia era la de una niña de siete, pequeña, delgada y con una larga melena, siempre recogida en dos trenzas. Apareció corriendo entre los árboles.
-¿Qué haces aquí, Marcia? –Le preguntó Thomas preocupado.
-Han venido a buscarte, soldados del rey. Quieren que te alistes en el ejercito, debes ir a la guerra –le explicó la niña a duras penas mientras intentaba coger aire por la carrera que acababa de realizar.
-No puede ser ¿Estás segura?
-Si. Ha sido madre quién me ha mandado a avisarte. No vuelvas. No regreses a casa, huye.
-No voy a huir. –Soltó al animal en el suelo y se sentó en el húmedo terreno.
-Madre quiere que huyas. “Ya perdí a mi marido en la guerra no voy a perder a un hijo” dijo mientras me colocaba el morral en los hombros y me pedía que te encontrara.
Thomas se sentía confuso. Era verdad que no quería alistarse, era demasiado joven, pero tampoco quería huir como un cobarde.
-¿Aún están allí los soldados? –Le preguntó de pronto a Marcia.
-Si, están esperándote.
-¿Dónde estará Dumas? –Se preguntó más para si que para que lo oyera Marcia.
-¿Le has perdido otra vez?
-No lo he perdido, se ha perdido –se defendió Thomas.
Oyeron un ruido tras de si. Los dos se volvieron asustados. Sabían que no debían estar donde estaban. Sólo eran unos metros los que se habían adentrado en Arion, pero bastaban para poner los pelos de puntas por cualquier ruido que se oyera.
Fue Dumas quien apareció de entre la espesura.
-Thomas, mira que he encontrado –dijo el niño sosteniendo entre sus manos un machete.
Era normal en él aparecer como si nada hubiera pasado, como si siempre hubiese sabido donde estaba y como tenía que volver.
-¡Estúpido! Siempre perdiéndote y preocupando a los demás. Como si nada te importara –le acusó Thomas levantándose y levantándolo de la pechera.
Fue Marcia quien salió en su defensa.
-Thomas, ya sabes que él es así ¿Por qué te pones de esa…? –No acabó la frase, pues la respuesta ya la sabía. Thomas estaba nervioso y asustado ante la noticia que le había dado.
-¿Qué te pasa hermano? –Le preguntó Dumas.
Marcia se apresuró a contarle lo que había pasado con los soldados y lo que le había dicho hacer su madre.
-No puedes irte al ejercito –fue lo único que dijo Dumas.
-Lo sé –le contestó pensativo Thomas.

Después de varios minutos pensando y barajando posibilidades, al fin habló:
-Voy a huir. No hay otra solución que satisfaga a madre.
Ninguno de los hermanos contestó.
-Dumas coge el jabato y llévatelo- continuó Thomas-. Yo podré cazar otro. Partir o se extrañaran de que aún no regresemos. Diles que me has perdido en el bosque de Arion. No se atreverán a entrar allí a buscarme y si lo hicieran tampoco importaría, pues no me encontraran allí. Partiré al norte. Aún no se que haré. Decidle a madre que la quiero y que lo siento.
Marcia lloraba ya cuando Dumas dijo:
-Iré contigo.
-No Dumas –le interrumpió Thomas-. Tú debes quedarte a cuidar de Marcia y de madre. Por favor hermano prométeme que cuidaras de ellas.
Tras reflexionarlo varios segundos Dumas asintió con la cabeza.
-¡Dilo Dumas!
-Lo haré hermano, toma quédate esto te será de ayuda – le dijo Dumas ofreciéndole el maquete que había encontrado con anterioridad.
Thomas se arrodillo para poder mirar a Marcia a los ojos.
-Pequeña, quiero que seas fuerte. No llores. Regresaré. No sé cuando ni como, pero lo haré. Te lo prometo.
-No vas a volver. Me lo dice mi corazón.
Thomas no lo discutió, más sabía que ella tenía razón. Su corazón le decía lo mismo.
-Os quiero hermanos –les dijo colocando sus manos a los hombros de ambos-. Ahora marchad.
Los dos niños partieron rumbo al noreste a las afueras del pueblo de Buste. Donde su humilde cabaña se resguardaba bajo las gruesas ramas de los árboles con los que comenzaba el bosque de Buste.  

Thomas volvió a sentarse en el frío y húmedo suelo. La cabeza le daba vueltas, sabía lo que debía hacer, pero no le gustaba. Viajar solo por el Gran país no era algo para lo que se hubiera preparado en ningún momento de sus diecisiete años. 
Revisó el morral. Tenía frutos secos, pan duro, una cantimplora vacía, cosa que no le preocupó, podía llenarla en cualquier río, también tenía un buen trozo de carne adobada en vuelta en un trapo, un cuchillo, una manta, un mapa antiguo y pedernal. Volvió a colocarlo todo dentro del morral. Al recoger las cosas del suelo reparó en el machete que había encontrado Dumas. Su hoja era algo más larga que dos palmos suyos, su único filo estaba bien afilado y su empuñadura estaba recubierta de cuero negro, una estrella de plata adornaba el pomo del arma. Hubiera deseado tener una funda donde guardarlo o un cinturón con una vaina para llevarlo colgado y tenerlo a mano. Lo metió también en el morral cubierto con la manta. Llevar el morral colgado junto con el carcaj cargado con flechas, era algo a lo que estaba acostumbrado, pero al levantarse y colocárselos se sintió incomodo. No era el peso lo que le incomodaba. Al ponerse de pie sabía que su viaje debía empezar. Un viaje a ninguna parte, una ida sin vuelta posible en mucho tiempo, una huida a lo desconocido, una marcha solo.
Respiró hondo en un acopio para coger fuerzas y dio el primer paso.
Sabía que debía dirigirse lo más al noroeste posible y bordear las Montañas Escapadas sin llegar a entrar en los caminos que llevaban a Buste. De allí dirigirse al norte. A la llanura Este o llegar a la aldea de Geji. En aquel lugar podría buscar alguna manera de conseguir algunas monedas y quizás también dormir en una cama.
Emprendió el camino y con cada paso la angustia en su estomago crecía.
Dejó atrás el bosque de Arion y entró en terrenos de Buste, conocía ese bosque como la palma de su mano. Lo habían recorrido miles de veces desde que era niño. Primero jugando y explorándolo, y más tarde cazando en él.
El bosque estaba silencioso sólo el crujir de las hojas bajo sus pies rompía la calma del lugar. Algún que otro canto de pájaro le acompañaba en la marcha. El bosque de Buste era un bosque menos espeso que el de Arion donde en algunos puntos las tupidas copas de los árboles no dejaban entrar casi ni la más mínima luz solar. Éste era más fácil de recorrer. El problema vendría luego, cuando saliera de las tierras de Buste, porque nunca había traspasado sus fronteras. Todas las tierras serían nuevas. Su única orientación tendría que ser el sol. Pues tenía que evitar caminos en los cuales hubiera encontrado las indicaciones. Debía ocultarse hasta llegar a Geji.
No quería alcanzar los pueblos del oeste. Sabía que era un camino más difícil. La basta Meseta de Taldma no era sitio fácil para conseguir alimento y los pueblos que estaban al otro lado de ella estaban demasiado vigilados. Azurg era un pueblo de guerreros y soldados. Y Atlus era la ciudad amurallada donde se encontraba el castillo del Rey Leomor. Por todo aquello decidió en un principio que su ruta debía ser lo más al noroeste posible. Sólo hasta llegar a las montañas que bordeaban el bosque y después una vez afuera del territorio de Buste cambiar la dirección e ir al noreste.
Empezó a lloviznar cuando ya llevaba horas atravesando el bosque. Las piernas le empezaban a flojear en algunos momentos. Agradeció estar a finales de verano y que esta situación no se hubiera dado en invierno, hubiera sido muy difícil sobrevivir más de varios dias en los bosques en el duro invierno.
La lluvia empezaba a calarle la ropa, cuando vislumbró la falda de las Montañas Escalpadas.  Allí podría encontrar amparo de la inclemencia. Si con suerte encontraba una cueva o algún saliente que hiciera sus veces de cubierta. Apretó el paso para darse prisa en llegar. Estaba oscureciendo ya.  
Nunca había pasado la noche solo en el bosque, en una cueva o simplemente fuera de casa. Cuando era pequeño si lo había hecho junto a su padre, el cual le enseñó diversas lecciones de supervivencia y Thomas cuando fue más mayor hizo lo propio con Dumas.
Sabía lo importante que era racionar los alimentos y el agua y lo importante que era también no pasar demasiado tiempo mojado. Pero en este viaje no era sólo eso de lo debería tener cuidado.
Empezó a escalar ladera arriba en busca de algún refugio, cosa que para su suerte encontró rápidamente. No era en si una cueva, pero le valía para no mojarse.
No era prudente encender una hoguera si uno no quería ser visto, pero aún sabiéndolo Thomas la encendió debía secar la ropa.
Esa noche cenó un trozo de pan y algo de carne adobada que le había preparado su madre. Recogió agua de la lluvia que corría deslizándose por las rocas y la vegetación de la montaña. Colocó toda su ropa mojada en rocas cercanas a la fogata. Esperanzado en que estuvieran secas por la mañana.
No había mucho paisaje que admirar allí arriba. Las nubes cubrían totalmente el cielo y la lluvia fina, pero intensa, no dejaba ver mucho más allá en la negrura.
Completamente desnudo se tumbó en la dura roca y se enrolló en la manta. Dispuesto a dormir. Cuando un ruido lo alertó. Fue un ruido que no supo describir, pero bastante fuerte ya que sonó sobre el estruendo de la lluvia. Esperó unos segundos y al ver que el ruido no se repetía volvió a acomodarse _si es que alguien puede llegar a estar cómodo sobre una roca_ para dormir.


El día despertó con un sol resplandeciente, las gotas brillaban gracias a él sobre las hojas aún de la tormenta de la noche.
Thomas se enderezó, sentía todo el cuerpo entumecido y rígido por haber pasado toda la noche sobre la dura roca.
La altura a la que estaba le permitía ver todo el bosque, admirar donde parecía acabar y ver las brillantes y verdes copas de los árboles. Admiró el paisaje e hizo acopió de todas su voluntad para no llorar en ese momento. El bonito paisaje despertó algo en él en lo que quizás Thomas aún no había reparado o sido consciente. La congoja lo invadió. La pena por no saber si volvería a ver ese lugar. Su bosque donde había aprendido tanto y al cual le debía muchos buenos y divertidos momentos.

Desayunó un mendrugo de pan y se puso otra vez en camino. Bajó de la ladera resbalando. Aunque agradecía más la bajada que la subida, la bajada podía costarle alguna torcedura que no podía permitirse.
Siguió con su plan de bordear las montañas. Era el camino más seguro y el menos transitado. Era dar un rodeo, pero no le importaba. Las montañas le ofrecerían refugio si lo necesitaba. En ningún momento pensó en atravesarlas. Lo que hubiera sido el camino más rápido, pero asimismo el más costoso.
Llevaba varias horas caminando ya, entre la maleza y los árboles, acompañado solamente por el cantó de los pájaros. Cuando empezó a darse cuenta que los árboles estaban cada vez más juntos, el bosque se estaba volviendo cada vez más frondoso. Costaba encontrar un hueco entre sauce, pino y encina.
El cansancio empezaba a ganarle y caminar en sandalias no ayudaba a aplacar el camino.
Se detuvo a comer, sentado y apoyado al gran tronco de un pino. Al contemplarse los pies, vio que los tenía agrietados y arañados. Pequeñas ampollas nacían ya entre los pliegues de los dedos y donde el cuero tocaba la piel.
Antes de que pudiera sacar algo del morral sintió un golpe en la cabeza. Atónito miró el objeto que le golpeó. Una piña. El corazón le dio un vuelco. Se sintió observado. Se levantó de un salto. Y miró a ambos lados, no vio nada, después dirigió su vista a la copa del gran pino. Tampoco vio nada extraño. Cuando volvió a mirar hacía el suelo la silueta de un anciano le sorprendió. Era un viejo con el pelo completamente blanco, una gran barba descuidada poblaba su cara. Su bajo cuerpo se inclinaba hacía delante por culpa, o debido, a la corcova que tenía en la parte izquierda de su espalda. Se apoyaba en un bastón labrado de madera.
-Muchacho. No deberías andar solo por estas tierras. No son de fiar.
-Perdone señor. Sólo estoy de paso –contestó Thomas.
-Nadie puede estar sólo de paso por aquí –se rió-. ¿De qué huyes?
Thomas se sorprendió de la perspicacia de aquel viejo jorobado.
-No huyo de nada –mintió.
-Si quieres dormir bajo techo y que le de algo a esos pies listos para mutilar. Sería mejor que optases por decirme la verdad. Y no mentir a este pobre viejo cansado ya de mentiras en su larga vida.
No entendió muy bien como aquel hombre era capaz de saber tanto, pero la oferta quizás de una cama y una cura para sus pies, era mayor en ese momento que el querer guardar su secreto. ¿De todas maneras que podía hacer aquel viejo contra él? Pensó Thomas.
-Huyo de los soldados.
-¿Eres un criminal? –Le interrumpió el viejo.
             -No. No, no Señor. Quieren que me aliste en el ejército del Rey.
El anciano pensó durante varios minutos. Thomas esperó a que fuera el viejo el que hablará primero después de aquella declaración.
-Me llaman “Viejo Lems”, aunque puedes llamarme únicamente Lems.
-Yo me llamo Thomas Fers. Encantado -le ofreció la mano. Lems la aceptó gustoso.
-Y una vez hechas las presentaciones. Marchemos, te enseñaré mi humilde morada.

Caminaron otra vez al norte y a media tarde llegaron a la falda de una montaña. Llena de maleza, hierbajos y arbustos, que impedían subir esa montaña.
-No te asustes ahora –le avisó el viejo Lems. Pronunció unas palabras que Thomas fue incapaz de entender y apuntó con su bastón a la maleza. Mágicamente entre la espesura se abrió una entrada.
Thomas se quedó atónito.
-Cierra la boca muchacho y sígueme.
Sin pensarlo dos veces le siguió, entre asustado y admirado. Nunca había conocido a ningún mago. Sólo conocía viejas leyendas sobre estos.

Estaba oscuro, pero enseguida Lems encendió un pequeño farol.
La entrada dio paso a una pequeña estancia circular cuyos únicos muebles eran una mesa, dos sillas de madera y una banqueta. Otras dos entradas se entreveían al fondo de la estancia.
-Siéntate.
Thomas obedeció sin rechistar. Lems colocó el farol en la mesa.
-¿Tienes hambre? –Le preguntó.
-Si Señor, la verdad es que mucha. Gracias.
-Aún no te la he dado. No des las gracias todavía.
El viejo entró por una de las otras dos entradas.
Thomas admiró la cueva. Todas las paredes eran de maleza y tierra, una extraña mezcla entre vegetación y barro, pulida.

Lems apareció portando una gran bandeja llena de comida; Tortas de arroz, mazorcas de maíz, pan y carne adobada. La dejó en la mesa. Seguidamente trajo dos jarras de barro y se sentó a la mesa.
-No hacía falta tanta comida, Señor -le dijo Thomas-, aunque estoy hambriento y lo agradezco.
-Sacia ahora tu hambre. El camino que emprendes te llevará en más de una ocasión a la hambruna.
Comieron y bebieron en silencio. Cuando acabaron fue Lems quien lo rompió.
-¿A dónde piensas ir?
-He pensado llegar a la aldea de Geji.
- Bien pensado, no te conviene acercarte a las tierras del rey.
-¿Por qué vive aquí solo? –Le preguntó Thomas intentando cambiar el interrogatorio hacia el otro lado.
-No estoy solo… Es una larga historia, quizá te aburrirá.
-Sería un placer escucharla. Me gustan las largas historias… –Hizo una breve pausa y dijo en voz baja-; de magos.
-¿Mago? Si, alguna vez me llamaron así. El mago Lems. Más bien ahora sería; El exiliado Lems o Lems el desertor.
>>Yo vivía en Lish, ciudad de magos. Cuando esta guerra empezó. Desconozco de cuanta historia estás al tanto del Gran País. Pero para que puedas entender una mínima parte de mi elección debo remontarme a los principios de nuestros reyes.
Como espero que sepas hace ahora unos trescientos años el Rey Único tuvo dos hijos; Grimdel, el primogénito y Jamio, el pequeño. La reina siempre estuvo muy unida a su hijo menor y cuando el rey estaba a las puertas de la muerte le pidió que dividiera el país entre sus dos hijos nombrándolos reyes en sus distintos territorios. El rey cumplió la voluntad de su esposa, pero no dividió el país a partes iguales. Al primogénito le otorgó tres cuartas partes de tierra y al menor le dejó el territorio de Arion y la isla de Guta.
Muchos años gobernaron en paz ambos reinos, pero siglos después hijos de los hijos de estos reyes empezaron a disputarse los territorios. Hasta el día de hoy cinco generaciones han pasado y con cada una el odio entre ellos ha ido creciendo.
Elfos y magos hemos ayudado en algunos momentos a los reyes. Tanto para bien como para mal.
La última vez que pidieron ayuda a Lish hubo un gran revuelo entre nosotros. Unos opinaban que el rey Leomor era su rey y debían auxiliarlo y por otra parte algunos querían ayudar al Señor de Arion porque entendían que antaño no fue justo la parte de territorio que le fue asignado por su antepasado y si conseguía más territorio las disputas acabarían.
Yo no quise tomar partido. No sentía que tuviera que poner mi vida en peligro por unas tierras. Pues desde un principio estas guerras siempre han sido por territorios.
Esta última guerra está siendo sin duda la más larga y oscura, pues Mortaff el Señor de Arion ya no se conforma con luchar por una parte más de país y ahora quiere la gobernación absoluta. Sus alianzas con pueblos oscuros han infectado su corazón y los magos que se unieron a él se han convertido en magos tenebrosos, usan la magia negra, los hechizos prohibidos y las malas artes.
Todos los que en un principio nos negamos a formar parte de las filas de uno de los dos reyes fuimos invitados al exilio. Tras un largo viaje acabé aquí –acabó Lems, bajando la vista que había mantenido fija en un punto toda la historia.
-¿Y no puedes volver? –Preguntó Thomas.
-Posiblemente podría volver. Magos y elfos hace años que decidieron dejar de ayudar. Entraron en razón –dijo mohíno Lems-, pero ya no quiero volver aquí hago lo que quiero y no debo lealtad a nadie. Soy libre y no hay mejor regalo en la vida que la libertad.
Thomas quedó pensativo. Nunca se había planteado la guerra como la veía Lems: Estúpida.
-Una parte de mí –continuó Lems-, Se siente identificada contigo. Entiendo que no quieras alistarte en sus tropas, aunque el motivo sea diferente al mío. En parte los dos somos exiliados.
-Pero yo no quiero pasar mi vida escondido en el bosque.
-Puede que no tengas que vivir en el bosque, pero tendrás que pasar la vida escondido, por lo menos hasta que no te queden fuerzas para poder luchar en el frente.
-Eso no es justo –dijo Thomas en voz baja.
-Nadie ha dicho que la vida tenga que serlo.
-Si la guerra acabará…
-Sigue soñando, muchacho, el corazón de los hombres siempre ambiciona más y nunca se conforma. Esta guerra sólo acabará cuando uno de los dos muera a manos del otro pues ninguno de ellos tiene descendencia, aunque quizás ni por esas acabe y si acaba así esperemos que sea Leomor el vencedor, porque sombríos serán los días bajo el reinado de Mortaff y su sequito de maldad –hizo una pausa melancólico-. Bueno dejemos de hablar de desgracias o posibilidades, cuéntame algo de ti.
-No hay mucho que contar…
-Seguro que si.
-Soy el mayor de tres hermanos y somos huérfanos de padre.  Vivimos, vivía –se corrigió-, a las afueras del bosque de Buste al noreste –se calló.
-¿Ya está?
-Sí.
Lems no insistió.
-Bueno voy a curarte esos pies –le ofreció.

Tardó un buen rato en preparar el ungüento, con el que le impregnó ambos pies. La sensación del unto fue fría, pero aliviadora. Emanaba un olor a hierbas muy agradable, pero el aspecto no lo era tanto. Bien podría haber sido algún excremento de animal.

-Gracias.
-Deja de darme las gracias, chico, da las gracias cuando lo que te ofrezcan haya sido de ayuda ya. Aún no sabes si lo que te he puesto funciona. Quizás podría haberte puesto algo que más tarde te abrasara la carne.
Asustado Thomas dijo:
-Pero eso no es verdad, ¿no?
-No, claro que no. Pero sería bueno para ti no dar las gracias demasiado pronto. Igual que no debes confiar tan a la ligera en lo que te ofrecen. Debes tener más cuidado.
-Lo tendré, Señor.
-Ahora quédate aquí. Deja los pies elevados –dijo ofreciéndole una pequeña banqueta-. Deben estar impregnados y en alto durante algunas horas. Yo tengo que salir. No tardaré.
-¿A donde va? -Preguntó Thomas algo nervioso-. Es de noche ya.
-Tranquilo, no veré a nadie allí donde voy. Tengo que recoger algunas cosas.

Thomas vio partir al Viejo Lems sin poder evitar pensar en si de verdad volvería y en la posibilidad de que si volvía lo hiciera acompañado por alguien del ejercito.

Se sentía nervioso, no le apetecía nada estar allí solo, el ungüento empezaba a oler diferente y la sensación fría había desaparecido dando paso a una sensación de escozor.  Pensó detenidamente en todo lo que Lems le había contado sobre su vida, pensó en lo que un día le dijo su padre: “Thomas, no puedes juzgar una historia sin saber la verdad de todas sus partes.”             Pero por ahora Thomas debería conformarse con la versión del exilio de Lems. Y esperarle.
Toda la historia del Gran País ya la conocía eran los cuentos que su madre les contaba para dormir a los tres. La historia de El rey Único y su esposa, la de El príncipe Temlo y sus cuatro caballos o la que más le gustaba la de los predilectos, humanos entrenados y bendecidos por los elfos para ayudar al rey.





















2.  




           Lems llegó a donde quería estar cuando se propuso llegar y en el momento que quiso presentarse.
Paseó entre las hierbas y los árboles hasta encontrar lo que había venido buscando. Esa parte del bosque era más espesa y áspera de lo que era el bosque que rodeaba la cueva. Con la diferencia del lago y la cascada. Se sentó a duras penas (ya no se movía tan ágil como antaño) a los pies del lago y pronunció unas palabras.
Pasó algunos momentos inquieto mientras esperaba que apareciera quien había venido a ver.
Todo estaba en calma, las lunas brillaban sobre la superficie del lago, sólo el cantar de algún búho lejano rompía el silencio.
La tranquila calma del agua desapareció cuando una voz de mujer dulce y melancólica salió de ella.
-Bien hallado, bienvenido, y bien escuchado, Lems. ¿Qué te trae por aquí después de tantos inviernos?
-¡Oh! Mi señora, le he encontrado –tartamudeó el viejo.
-¿A quien has encontrado, amigo Lems?
-A su hijo…
-¿Otra  vez vienes a torturar a esta vieja dama con tus visiones y suposiciones?
-No, mi señora. Esta vez está aquí, es decir está en mi cueva.
Del agua salió entonces la figura blanca de una mujer, con cabellos color plata y un vestido hecho por la misma agua. Brillaba como las misma lunas, radiantes e intocables.
-¡Explícate! -Le exigió la voz, esta vez no tan dulce.
-Vino a mí en el bosque, deambulaba perdido y con sus pies malheridos. Lo acogí en mi casa. Le hice algunas preguntas para comprobar mis sospechas, pero no hizo falta mucho. Tiene los mismos ojos, y su porte. Es la viva imagen de su padre.
-¿Qué le has dicho?
-Nada, mi señora he venido antes a verla a usted.
-Si es cierto lo que dices debemos ser prudentes. Nadie debe saber que existe, ninguna noticia deben tener de que un hijo de “Los predilectos” está vivo.

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