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Thomas. Cap. 7, 8, 9 y 10.

    7.

     El capitán Simons, caminaba raudo por los pasillos de palacio camino a los aposentos del rey Leomor.
         Nervioso se paró ante los guardias. Nunca era una buena señal que te mandara a llamar el rey directamente.
         -El rey me espera –les anunció a los guardias.
         Ambos retiraron sus lanzas y le permitieron el paso, no sin antes anunciar su entrada.
         -Pasa, Simons –le exigió el Rey con voz grave.
         El rey era un hombre alto y robusto. Pero sus largos años ya no hacían su presencia tan amenazante como antes. Estaba sentado junto a la ventana, en una silla demasiado excesiva en joyas en su respaldo. Cubierto por una capa aterciopelada azul. Su larga barba blanca recostaba en su vientre.
         -¿Qué desea, mi señor? –Preguntó Simons arrodillándose.
         -Levántate, amigo, el mejor capitán que he tenido nunca. No te arrodilles ante este viejo.
         -Usted no es viejo, majestad –dijo al tiempo que se levantaba.
         -Sí, lo soy. Igual que tú ya –sonrió-, ¿Cuántos años tiene ya tu hijo?
         -Veintiuno –dudó, no entendía a donde que ría llegar el rey-. Es un buen soldado.
         -No lo pongo en duda. Es por eso que te hecho llamar, amigo mío. Lleváis días sin encontrar a ese chico y creo que estamos planteando mal la estrategia.
     -¿Qué quiere decir? –Preguntó Simons nervioso.
     -Es muy fácil esconderse de una patrulla de diez hombres. También pienso que nuestro pueblo no nos ayuda como nos gustaría y no se lo reprocho. Un hombre en busca de otro hombre, eso es lo que planteo.
      -Yo mismo iré a buscarlo si es eso lo que ordenáis.
      -Como ya te he dicho antes; estamos viejos –volvió la vista hacia la ventana y se acarició la barba-. Tu hijo irá en su busca.
      -Pero… Peter es joven aún para andar solo en una misión.
      -¿Dudas de la fuerza y la preparación de tu hijo?
      -No. Pero…
      -Es el deseo de tu rey, ¿vas a cumplirlo o tendré que ordenártelo? Sabes lo necesario que es ese chico para mi reinado no podemos permitirnos que acabe en las manos equivocadas.
       -Lo haré, mi señor –dijo Simons resignado.
 
   
  
        
       
     8.

              A la mañana siguiente Sam le regaló a Thomas unas buenas botas, que aunque viejas, estaban en buen estado, sin agujeros y con las hebillas en orden. Micaela por su parte le llenó el morral con higos secos, algo de carne adobada y pan. Thomas agradeció sinceramente esos detalles. Enseguida desechó sus sandalias gastadas y se calzó las botas.
         -Hasta siempre –se despidió Hanna acercándose al chico cuando éste se disponía a salir por la puerta.
         -Adiós pequeña –le sonrió. Aquella niña le recordaba a su hermana y despedirse también le recordó todo lo que dejaba atrás.
         Todos salieron. La familia se quedó en la puerta esperando ver marchar a Thomas.
         -¿No le vas a decir nada? –Le preguntó Micaela en voz baja a su marido.
         -Debería –contestó él simplemente.
         La niña levantó la vista hacia su padre interrogante.
         -Thomas –levantó la voz el hombre.
         Éste se volvió.
         -Dígame.
         -No sé si lo que te voy a decir condicionará mucho tu camino, pero debo avisarte: Hay carteles con tu rostro en los pueblos. El rey te busca y dan recompensa a quien te entregue. Y mucho me temo que no es el único.
        Thomas entendió que bien se había portado esa familia con él al no haberle delatado.
        -Muchas gracias. Tenía cierta idea –le contestó Thomas-. Aunque no entiendo muy bien tanto alboroto para que un simple chico ingrese en el ejercito.
        -Si te soy sincero; yo tampoco –fue sincero Sam.
       



    Gamaway llegó justo para ver como Thomas se despedía de la familia que le había dado cobijo aquella noche. Camuflada bajo el aspecto de su animal preferido; un búho gris. Desde arriba del árbol pudo oír perfectamente toda la conversación.  

    Thomas llegó al camino que llevaba a la aldea Geji y fue allí donde decidió que no sería buena idea pasar por lugares transitados o habitados, si era verdad que lo estaban buscando y que había carteles, cualquiera podría identificarle y delatarle. Así que muy su pesar se introdujo en los lindes de la llanura Este. Sería un camino arduo y difícil, pero no tenía otra opción.
      Gamaway lo seguía de cerca, adelantándole sobrevolando su posición de vez en cuando y esperándole en alguno de los escasos árboles que reinaban en la llanura. Barajaba diferentes opciones para presentarse; Podía simplemente decirle quien era, o hacerse pasar por una chica perdida. Pero en ambos casos tendría que dar demasiadas explicaciones y mentir. Así que decidió el camino fácil: buscó con la excelente vista que le proporcionaba ser ese animal, si veía algún otro animal cerca. No tuvo suerte.
 

        La noche alcanzó a Thomas aún con muy poco terreno recorrido. Decidió descansar y cenar cerca de unas rocas que le daban de alguna forma un buen escondrijo. Sin encender ningún fuego, para evitar ser visto, sacó algo de comida y cenó.
    Gamaway aprovechó ese descanso para alejarse hasta algún camino, en busca de lo que necesitaba. Tuvo que volar varias horas hasta encontrar un grupo de caballos salvajes que pastaban en la oscuridad. Una vez los localizó se posó junto a ellos y su magia actuó. Al instante su cuerpo fue contrayéndose y estirándose, sus plumas desaparecieron, su pico se transformó en una boca rellena de unos enormes dientes, sus patas se estiraron y crecieron, toda ella creció poco a poco hasta alcanzar el tamaño de un buen equino.
       Hacía años que no se transformaba en otro animal, al principio se sintió extraña, pero una vez acabó la transformación, le gustó. Los otros caballos salieron despavoridos cuando la vieron transformarse. Y eso le recordó lo deprisa que ahora podía correr. Y eso hizo se dejo llevar por el instinto del animal y corrió. Corrió como si escapase de las mismas garras del diablo. Sentía la fricción del aire sobre sus patas delanteras. Su melena ondulando al viento como su cola.
       Llegó donde descansaba Thomas. Aún faltaba tiempo para el amanecer. Estaba cansada, casi exhausta. Se tumbó un poco apartada de donde estaba el chico y descansó.




   9.

     Thomas despertó justo al amanecer, en un primer instante no reparó en la yegua que dormía a escasos metros de él.
         Fue cuando ésta se levantó cuando la advirtió. Su primera reacción fue retroceder unos pasos. Miró a ambos lados buscando y deseando que no hubiera ningún jinete desmontado.
        Gamaway le miraba fijamente con sus ojos negros. Thomas la admiró a aquella yegua; era completamente blanca, el pelo de su cabeza y la cola que eran de un negro intenso. Nunca había visto tal cosa un caballo plenamente blanco, pero con el pelaje largo contrariamente negro. Era la yegua más elegante y hermosa que había visto en su vida. Por un momento se imaginó montado y domesticando a aquel animal.
        -Hola –la saludó el chico y tal como esperaba no obtuvo contestación.
        Thomas sacó de su bolsa la última fruta que poseía; una gran manzana roja. Se la ofreció al animal, sin acercarse par no asustarle.
         -¿La quieres?
         A Gamaway le crujían las tripas tras todo el viaje que había hecho por la noche y ahora una vez descansada tenía mucha hambre, pero dudó de cómo aceptar el ofrecimiento. Dio un paso al frente y el chico le lanzó la fruta. La atrapó al vuelo y se la comió gustosa. Thomas por su parte desayunó un mendrugo de pan con algunos higos. Al terminar volvió a recoger sus cosas y miró al animal que aún estaba allí parado observándole. Dio unos pasos para acercarse, el animal no retrocedió y aceptó de buen grado su aproximación. Thomas le paseó la mano por el costado disfrutando del suave pelaje de la yegua.
      Gamaway se olvidó por un momento; de quien era, de lo que hacía allí y de por qué estaba dejando de aquel chico la tocara. Y disfrutó del contacto de la piel del chico sobre su lomo. Hacía mucho tiempo que no gozaba de la caricia de otro ser.
      El sonido de unas trompetas lejanas sacó a la chica de sus pensamientos.
      Thomas retiró la mano del animal cuando éste se puso en alerta mirando a ambos lados y moviendo las orejas.
       -¿Qué pasa? ¿Has oído algo?
       No esperaba respuesta alguna, pero ésta vez si la obtuvo.
       Gamaway echó la cabeza atrás invitando al chico a montar. Thomas cruzó el entrecejo confundido. Y justo en ese momento oyó él las trompetas de la guardia. Raudo cogió su morral y su aljaba. Volvió ha acercarse a la yegua, dudando de si podría subirse y cabalgar en su lomo. Aquel animal parecía salvaje. No tenía montura ni arnés y si se encabritaba por que él subiera lo tiraría directamente al suelo.
       Gamaway volvió hacerle señales para que montara. Él posó sus manos sobre el animal y de un buen salto montó. Se agarró fuerte a la melena de la yegua y ésta empezó a correr hacia el norte.
       La sensación del viento sobre su rostro y el trote del animal le dieron a Thomas una extraordinaria sensación de libertad. Y trató en sus pensamientos de dar gracias al cielo por aquella ayuda. Aquella yegua era le mejor que le había pasado desde que huyó de su casa. Gracias a ella avanzaría rápido y de alguna manera también tendría compañía.
       Gamaway por su parte maldecía tener que ser el transporte de aquel chico y encima tener que hacerlo a toda prisa, escapando de la guardia real. No sabía muy bien que hacían por allí los soldados, pero lo mejor era que evitara que se encontraran con ellos.


        El capitán Simons esperaba en sus aposentos la llegada de su hijo. Peter era su único hijo: Un chico de veintiún años, fuerte y emprendedor, era el mejor de sus alumnos, el más dotado para el combate y la espada. Desde la muerte de su madre Peter se había aislado de su padre pasando los días en el campo de entrenamiento y sin ninguna otra ocupación.
        En parte pensó que aquella misión conseguiría que el chico cambiara de actitud y se despejara un poco de aquella vida de encerramiento y entrenamiento.
         Tocaron a la puerta.
         -Adelante –gritó el capitán.
         -Hola, padre, ¿querías verme? –dijo el chico al entrar.
         -Sí, siéntate Peter.
         El chico se sentó en la silla más próxima a su padre alerta.
         El hombre miró a su hijo hacía tiempo que no reparaba en su físico, había crecido, estaba más alto, ancho y musculoso. El entrenamiento exhaustivo al que se sometía estaba dando sus frutos. Tenía el pelo tan oscuro como siempre y los ojos castaños brillaban expectantes a las palabras de su padre.
         -El rey me ha pedido que cumplas una misión.
         -¿Yo? –Preguntó el chico ante tal proposición.
         -Sí, debes encontrar a un chico, se llama Thomas Fers, tiene unos diecisiete años, es rubio y viaja solo y a pie.
         -¿Por qué?
         -No pregunto el por qué cuando mi rey me da una orden y tú tampoco deberías hacerlo. Simplemente sé que ese chico es importante para el rey y que lo necesita.
          -Lo siento –dijo el chico agachando la cabeza.
          -Debes partir cuanto antes, te lleva mucha ventaja, aunque él va a pie. Salió hace cerca de cinco días de Buste, suponemos que partió al norte. Sabe que lo están buscando, no se aventurara a pisar pueblos o lugares habitados.
           -¿La guardia no ha podido encontrarlo?
        -No. Es difícil esconderse cuando eres uno solo y puedes ver llegar a los caballos. Por eso te necesitamos. No huirá de ti si no sabe que eres del reino. Haz las cosas como convengas para traerle vivo y de una pieza.
       -Sí, padre.
       -Coge mi caballo, es el más rápido.
       -Gracias, padre.
       -Date prisa hijo mío.

    10.

        Gamaway  cruzó a galope toda la llanura este. No tenía tiempo que perder. Todo lo que pudiera avanzar, sin detenerse, en un día significaba menos tiempo teniendo que ser una yegua y pasar menos tiempo con aquel chico.
          Thomas admiró la carrera y la potencia del animal. Podría haberla hecho detenerse, pero pensó también que era buena idea atravesar la llanura, donde no había un sitio seguro en el que refugiarse, y llegar a algún bosque y pasar allí la noche.
          Cerca del atardecer divisaron al norte los primeros árboles del bosque de Cadben.
          -Vamos –animó a su yegua-, un último esfuerzo y llegamos.
          Gamaway estaba agotada, le faltaban fuerzas, le flojeaban las piernas y le faltaba el aire. Pero aún así se negó a detenerse había hecho un gran esfuerzo para ahora no llegar a poder refugiarse en aquel bosque. Hacía años que no galopaba tantas horas seguidas sin detenerse.
         
          A escasos metros de la primera hilera de árboles el animal desfalleció.
          Tras el tremendo golpe que se llevó Thomas en la caída, se incorporó con dolor en una pierna, pero se acercó cojeando al animal. Ha primera vista parecía muerto, pero al fijarse detenidamente vio que jadeaba. Oyó el correr del agua de algún río cercano. Se adentró en el bosque corriendo a toda prisa, sabía la necesidad de su carrera, por eso aún con el dolor que sentía en la pierna corrió lo más rápido que pudo. Nunca debería haber dejado al animal hacer esa temeridad. Aunque tampoco estaba del todo seguro que se hubiera detenido si él se lo hubiera pedido.
       Llegó a la orilla del río y allí se dio cuenta de que no tenía forma de transportar el agua hasta la yegua.
        Buscó una solución frenéticamente y lo único que se le ocurrió fue vaciar su aljaba de flechas, dejando las al suelo con el morral. Lo rellenó de agua, no estaba seguro de cuanto líquido llegaría hasta el animal, pero quizá después de beber un poco la yegua le quedarían fuerzas para llegar hasta el río y tomar más agua.
       Corrió otra vez hacia la entrada del bosque.
       Se sentó a su lado y vio que ahora la yegua respiraba muy débilmente. Le levantó el labio superior e introdujo un poco agua en su boca, el animal no reaccionó.
       -Vamos bonita, tienes que beber un poco –suspiró el chico.
       Le echó un poco de agua sobre la cabeza y obtuvo un leve movimiento como toda respuesta del equino.
       -No puedes morir –le dijo al oído-. Es culpa mía no debí permitir que esto pasara –añadió mientras se retiraba del animal y hundía su cabeza entre las rodillas. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras se maldecía por su estupidez.


      La noche se cerró sin que la yegua diera señales de mejorar. Thomas había dejado todas sus cosas junto al río. Su estomago rugía de hambre. Ninguno había comido nada desde el desayuno. Pero fue incapaz de ir a buscar su morral y dejar solo al animal. Bebió un poco de agua del fondo de la aljaba. Sabía a hierro, pero no le importó. Se tumbó al lado del animal apoyando flacamente su cabeza sobre el lomo de éste.



       Gamaway despertó con la luz del alba. Vio al muchacho hecho un ovillo y temblando junto a ella. Se sentía como si hubiera sido pisoteada por una manada de Etronos. Quiso ponerse en pie, pero las piernas le fallaron. El chico despertó cuando la notó moverse.
        -Menos mal que no te has muerto –chilló entusiasmado-. Debemos entrar en el bosque allí hay agua y tengo comida en el morral.
        El animal movió las orejas como toda respuesta.
        -No has entendido ni una sola palabra de lo que te he dicho, ¿verdad?
        Thomas dudaba de que hacer, podía volver a traer agua en su aljaba y traer sus cosas, pero dudaba de que al animal le fuera bien beber de aquel objeto estrecho y de que le fuera suficiente el escaso agua que llegaría.
        Pero lo que no sabía Thomas era que ella si le había entendido. Con gran esfuerzo se puso de pie tambaleante.
       Thomas le sonrió agradecido por su esfuerzo.
       Poco a poco se adentraron hasta el río. Allí Thomas recuperó su morral, no sin antes tener que apartar a varias ardillas que intentaban conseguir comida de balde.
       La yegua bebió como si nunca más fuera a tener agua y Thomas por su parte abrió el morral con premura. Sacó de él los últimos pedazos de pan y todo el resto de su comida. Lo colocó todo sobre la manta y comió.
        Una vez vio la yegua había acabado de beber se levantó y agarro el pan y se lo ofreció. Gamaway hambrienta, comió. La yegua se acercó hasta donde comía el chico. Thomas le ofreció con un gesto todo lo que había sobre la manta, ella escogió un trozo de carne adobada. El muchacho puso cara de asombro, nunca había visto a un caballo comer carne, pensó que sería por el hambre que asolaba al animal y que tampoco es que hubiera gran variedad de comida donde escoger.
       Una vez estuvieron llenos  descansaron  a la sombra de un gran árbol.

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