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domingo, 30 de enero de 2011

Prólogo. Thomas



Eran tiempos difíciles en el Gran país.
El reinado de Leomor “El Inmovible” espiraba. Rey sin descendencia. Rey viejo. Rey con dieciocho años de guerra continuada a sus espaldas. Sin fuerzas ya, para liderar un país atormentado por los ataques de Mortaff “El señor de Arion”, quién ansiaba el reinado absoluto sobre el Gran país.
Dieciocho años hacía ya, que había empezado la guerra. La victoria se había decantado hacía ambos bandos en apreciados momentos, pero nunca definitiva, nunca concluyente.
El rey leomor reinaba en el Gran país, entonces, le ayudaban magos, hombres y ciudadanos de Rush, pero ya no contaba con la ayuda que en antaño contó. Hacía años que no recibía ayuda de los elfos o del oráculo. No respondían ya, a sus ruegos ni peticiones. 
Por otra parte Mortaff contaba con el apoyo de magos oscuros, fibos, etronos y de más criaturas oscuras.
Miles de hombres y soldados leales al rey habían perdido sus vidas en innumerables batallas a lo largo y ancho de el Gran País. No menos bárbaros y criaturas extrañas leales a Mortaff también habían caído. Por ello en este tiempo, a ambos bandos les era difícil reclamar la ayuda de nuevos pueblos o guerreros, a consecuencia de eso, la guerra se encontraba en un punto muerto, ninguno movía filas frente al otro y ambos pensaban, planeaban y preparaban nuevas estrategias.
Mortaff, más bien, esperaba, sabía lo viejo y frágil que estaba ya Leomor. Sólo tenía que esperar, esperar pacientemente la muerte del rey. Y una vez muerto ¿Quién ocuparía la corona? Sin hijos, sobrinos o demás parientes incapaces de ocupar el trono. Mortaff veía allí la posibilidad de ganar la guerra y ocupar el trono por la fuerza. Muerto el rey, muertos los tratados con los diferentes pueblos. Muerto el rey, muerta la esperanza.  

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