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martes, 17 de mayo de 2011

Thomas.Capítulo 10.

            10.

        Gamaway  cruzó a galope toda la llanura este. No tenía tiempo que perder. Todo lo que pudiera avanzar, sin detenerse, en un día significaba menos tiempo teniendo que ser una yegua y pasar menos tiempo con aquel chico.
          Thomas admiró la carrera y la potencia del animal. Podría haberla hecho detenerse, pero pensó también que era buena idea atravesar la llanura, donde no había un sitio seguro en el que refugiarse, y llegar a algún bosque y pasar allí la noche.
          Cerca del atardecer divisaron al norte los primeros árboles del bosque de Cadben.
          -Vamos –animó a su yegua-, un último esfuerzo y llegamos.
          Gamaway estaba agotada, le faltaban fuerzas, le flojeaban las piernas y le faltaba el aire. Pero aún así se negó a detenerse, había hecho un gran esfuerzo para ahora no llegar a poder refugiarse en aquel bosque. Hacía años que no galopaba tantas horas seguidas sin detenerse.
         
          A escasos metros de la primera hilera de árboles el animal desfalleció.
          Tras el tremendo golpe que se llevó Thomas en la caída, se incorporó con dolor en una pierna, pero se acercó cojeando al animal. A primera vista parecía muerto, pero al fijarse detenidamente vio que jadeaba. Oyó el correr del agua de algún río cercano. Se adentró en el bosque corriendo a toda prisa, sabía la necesidad de su carrera, por eso aún con el dolor que sentía en la pierna corrió lo más rápido que pudo. Nunca debería haber dejado al animal hacer esa temeridad. Aunque tampoco estaba del todo seguro que se hubiera detenido si él se lo hubiera pedido.
       Llegó a la orilla del río y allí se dio cuenta de que no tenía forma de transportar el agua hasta la yegua.
        Buscó una solución frenéticamente y lo único que se le ocurrió fue vaciar su aljaba de flechas, dejandolas en el suelo con el morral. Lo rellenó de agua, no estaba seguro de cuanto líquido llegaría hasta el animal, pero quizá después de beber un poco la yegua le quedarían fuerzas para llegar hasta el río y tomar más agua.
       Corrió otra vez hacia la entrada del bosque.
       Se sentó a su lado y vió que ahora la yegua respiraba muy débilmente. Le levantó el labio superior e introdujo un poco agua en su boca, el animal no reaccionó.
       -Vamos bonita, tienes que beber un poco –suspiró el chico.
       Le echó un poco de agua sobre la cabeza y obtuvo un leve movimiento como toda respuesta del equino.
       -No puedes morir –le dijo al oído-. Es culpa mía no debí permitir que esto pasara –añadió mientras se retiraba del animal y hundía su cabeza entre las rodillas. Dos lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras se maldecía por su estupidez.


      La noche se cerró sin que la yegua diera señales de mejorar. Thomas había dejado todas sus cosas junto al río. Su estomago rugía de hambre. Ninguno había comido nada desde el desayuno. Pero fue incapaz de ir a buscar su morral y dejar solo al animal. Bebió un poco de agua del fondo de la aljaba. Sabía a hierro, pero no le importó. Se tumbó al lado del animal apoyando flacamente su cabeza sobre el lomo de éste.



       Gamaway despertó con la luz del alba. Vió al muchacho hecho un ovillo y temblando junto a ella. Se sentía como si hubiera sido pisoteada por una manada de Etronos. Quiso ponerse en pie, pero las piernas le fallaron. El chico despertó cuando la notó moverse.
        -Menos mal que no te has muerto –chilló entusiasmado-. Debemos entrar en el bosque allí hay agua y tengo comida en el morral.
        El animal movió las orejas como toda respuesta.
        -No has entendido ni una sola palabra de lo que te he dicho, ¿verdad?
        Thomas dudaba de que hacer, podía volver a traer agua en su aljaba y traer sus cosas, pero dudaba de que al animal le fuera bien beber de aquel objeto estrecho y de que le fuera suficiente el escaso agua que llegaría.
        Pero lo que no sabía Thomas era que ella si le había entendido. Con gran esfuerzo se puso de pie tambaleante.
       Thomas le sonrió agradecido por su esfuerzo.
       Poco a poco se adentraron hasta el río. Allí Thomas recuperó su morral, no sin antes tener que apartar a varias ardillas que intentaban conseguir comida de balde.
       La yegua bebió como si nunca más fuera a tener agua y Thomas por su parte abrió el morral con premura. Sacó de él los últimos pedazos de pan y todo el resto de su comida. Lo colocó todo sobre la manta y comió.
        Una vez vió que la yegua había acabado de beber se levantó y agarró el pan y se lo ofreció. Gamaway hambrienta, comió. 
La yegua se acercó hasta donde comía el chico. Thomas le ofreció con un gesto todo lo que había sobre la manta, ella escogió un trozo de carne adobada. El muchacho puso cara de asombro, nunca había visto a un caballo comer carne, pensó que sería por el hambre que asolaba al animal y que tampoco es que hubiera gran variedad de comida donde escoger.
       Una vez estuvieron llenos  descansaron  a la sombra de un gran árbol.

2 comentarios:

Un corazón enamorado dijo...

Te sigo Merce, cada entrega de esta historia, es como un manto de amor donde puede uno refugiarse entre letras de amor e intriga. Porque llevo capítulos, muy intrigada.

Merce CB dijo...

Gracias, Corazon enamorado.
Yo tambien te sigo.