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lunes, 9 de mayo de 2011

Capítulo 9. Thomas

        Thomas despertó justo al amanecer, en un primer instante no reparó en la yegua que dormía a escasos metros de él.
         Fue cuando ésta se levantó cuando la advirtió. Su primera reacción fue retroceder unos pasos. Miró a ambos lados buscando y deseando que no hubiera ningún jinete desmontado.
        Gamaway le miraba fijamente con sus ojos negros. Thomas la admiró. Aquella yegua; era completamente blanca, el pelo de su cabeza y la cola que eran de un negro intenso. Nunca había visto tal cosa un caballo plenamente blanco, pero con el pelaje largo contrariamente negro. Era la yegua más elegante y hermosa que había visto en su vida. Por un momento se imaginó montado y domesticando a aquel animal.
        -Hola –la saludó el chico y tal como esperaba no obtuvo contestación.
        Thomas sacó de su bolsa la última fruta que poseía; una gran manzana roja. Se la ofreció al animal, sin acercarse para no asustarle.
         -¿La quieres?
         A Gamaway le crujían las tripas tras todo el viaje que había hecho por la noche y ahora una vez descansada tenía mucha hambre, pero dudó de cómo aceptar el ofrecimiento. Dio un paso al frente y el chico le lanzó la fruta. La atrapó al vuelo y se la comió gustosa. Thomas por su parte desayunó un mendrugo de pan con algunos higos. Al terminar volvió a recoger sus cosas y miró al animal que aún estaba allí parado observándole. Dió unos pasos para acercarse, el animal no retrocedió y aceptó de buen grado su aproximación. Thomas le paseó la mano por el costado disfrutando del suave pelaje de la yegua.
      Gamaway se olvidó por un momento; de quien era, de lo que hacía allí y de por qué estaba dejando de aquel chico la tocara. Y disfrutó del contacto de la piel del chico sobre su lomo. Hacía mucho tiempo que no gozaba de la caricia de otro ser.
      El sonido de unas trompetas lejanas sacó a la chica de sus pensamientos.
      Thomas retiró la mano del animal cuando éste se puso en alerta mirando a ambos lados y moviendo las orejas.
       -¿Qué pasa? ¿Has oído algo?
       No esperaba respuesta alguna, pero ésta vez si la obtuvo.
       Gamaway echó la cabeza atrás invitando al chico a montar. Thomas cruzó el entrecejo confundido. Y justo en ese momento oyó él las trompetas de la guardia. Raudo cogió su morral y su aljaba. Volvió ha acercarse a la yegua, dudando de si podría subirse y cabalgar en su lomo. Aquel animal parecía salvaje. No tenía montura ni arnés y si se encabritaba por que él subiera lo tiraría directamente al suelo.
       Gamaway volvió hacerle señales para que montara. Él posó sus manos sobre el animal y de un buen salto montó. Se agarró fuerte a la melena de la yegua y ésta empezó a correr hacia el norte.
       La sensación del viento sobre su rostro y el trote del animal le dieron a Thomas una extraordinaria sensación de libertad. Y trató en sus pensamientos de dar gracias al cielo por aquella ayuda. Aquella yegua era lo mejor que le había pasado desde que huyó de su casa. Gracias a ella avanzaría rápido y de alguna manera también tendría compañía.
       Gamaway por su parte maldecía tener que ser el transporte de aquel chico y encima tener que hacerlo a toda prisa, escapando de la guardia real. No sabía muy bien que hacían por allí los soldados, pero lo mejor era que evitara que se encontraran con ellos.


       






        El capitán Simons esperaba en sus aposentos la llegada de su hijo. Peter era su único hijo: Un chico de veintiún años, fuerte y emprendedor, era el mejor de sus alumnos, el más dotado para el combate y la espada. Desde la muerte de su madre Peter se había aislado de su padre pasando los días en el campo de entrenamiento y sin ninguna otra ocupación.
        En parte pensó que aquella misión conseguiría que el chico cambiara de actitud y se despejara un poco de aquella vida de encerramiento y entrenamiento.
         Tocaron a la puerta.
         -Adelante –gritó el capitán.
         -Hola, padre, ¿querías verme? –dijo el chico al entrar.
         -Sí, siéntate Peter.
         El chico se sentó en la silla más próxima a su padre alerta.
         El hombre miró a su hijo hacía tiempo que no reparaba en su físico, había crecido, estaba más alto, ancho y musculoso. El entrenamiento exhaustivo al que se sometía estaba dando sus frutos. Tenía el pelo tan oscuro como siempre y los ojos castaños brillaban expectantes a las palabras de su padre.
         -El rey me ha pedido que cumplas una misión.
         -¿Yo? –Preguntó el chico ante tal proposición.
         -Sí, debes encontrar a un chico, se llama Thomas Fers, tiene unos diecisiete años, es rubio y viaja solo y a pie.
         -¿Por qué?
         -No pregunto el por qué cuando mi rey me da una orden y tú tampoco deberías hacerlo. Simplemente sé que ese chico es importante para el rey y que lo necesita.
          -Lo siento –dijo el chico agachando la cabeza.
          -Debes partir cuanto antes, te lleva mucha ventaja, aunque él va a pie. Salió hace cerca de cinco días de Buste, suponemos que partió al norte. Sabe que lo están buscando, no se aventurara a pisar pueblos o lugares habitados.
           -¿La guardia no ha podido encontrarlo?
        -No. Es difícil esconderse cuando eres uno solo y puedes ver llegar a los caballos. Por eso te necesitamos. No huirá de ti si no sabe que eres del reino. Haz las cosas como convengas para traerle vivo y de una pieza.
       -Sí, padre.
       -Coge mi caballo, es el más rápido.
       -Gracias, padre.
       -Date prisa hijo mío.

4 comentarios:

Un corazón enamorado dijo...

Arriba Thomás, a toda prisa, no dejes que te alcancen.

Merce CB dijo...

Gracias, Mila. Siempre allí, se agradece.

A n d r e a ♥ dijo...

Me ha encantado el capítulo, Merce, ¡sigue así! ^_^

Merce CB dijo...

Gracias Andrea por tu comentario y por seguirme.